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Editorial

“No preguntes qué puede hacer tu país por ti. Pregúntate qué puedes hacer tú por tú país.”

Cuando Jorge Rodríguez se presentó a las elecciones, en una de sus charlas

dijo a modo de proclamación: “No preguntes lo que Ontinyent puede hacer por

ti. Pregúntate lo que puedes hacer tú por Ontinyent” Como se sabe, esta es una

adaptación local de las palabras del Presidente John Fitzgerald Kennedy, que

dijo: “No preguntes qué puede hacer tu país por ti. Pregúntate qué puedes

hacer tú por tú país.”

Cuando un político o un conferenciante cita las palabras de otra persona es

porque entiende que el citado es una persona de autoridad y que sus

argumentos son dignos de ser seguidos.

JFK era el presidente de los EEUU y el máximo representante del capitalismo

como referencia, nos da a entender de qué pie cojea esta persona; porque lo

más lógico es que hubiera citado Elementos del Capital de Karl Marx. Los que

oímos esta frase, nos produjo cierta vergüenza ajena. Aunque después nos

aclararon que fue la aportación del valido de Jorge y, ante esto, a parte de la

vergüenza, nos pusimos de la forma que narra Martin Neimoller, haciendo

referencia a la cobardía individual frente a los desmanes:

[…]Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era

comunista.

Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.

Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista.

Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante.

Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera

nada. […]

Y en estos momentos, nos preguntamos en qué momento estamos y, por otra

parte, podemos contestarnos metafóricamente que estamos en el narra Blas

Otero en su poesía “Me llamarán”:

Me llamarán, nos llamarán a todos.

Tú, y tú, y yo, nos turnaremos,

en tornos de cristal, ante la muerte.

Y te expondrán, nos expondremos

todos a ser trizados ¡zas! por una

bala.

Bien lo sabéis. Vendrán por ti, por

mí, por todos.

Y también por ti.

(Aquí no se salva ni dios, lo

asesinaron.)

Escrito está. Tu nombre está ya

listo, temblando en un papel.

Aquél que dice: Abel, Abel, Abel...o

yo, tú, él...

2

Pero tú, Sancho Pueblo, pronuncias

anchas sílabas, permanentes

palabras que no se lleva el viento...